Los retos del mundo que viene: la justicia social y el altruismo

Francisco Rodríguez Tejedor, exdirector de BBVA, economista y escritor.
Francisco Rodríguez Tejedor, exdirector de BBVA, economista y escritor.

La justicia es uno de los grandes problemas del mundo que viene. Y lo ha sido desde siempre. La justicia es el principio moral que inclina a obrar dando a cada uno lo que le corresponde, nos dice el diccionario.

Parece fácil, pero ya nos advirtió Platón, hace casi XXV siglos: “La justicia con frecuencia es solo la conveniencia del más fuerte”. Veamos el panorama hoy en día, dos milenios y medio después de las palabras del viejo filósofo griego, tras tantos años de civilización y progreso, se supone.

Pues bien: la renta per cápita media diaria de un monegasco (incluyendo niños y mayores), el país más rico del mundo, según la ONU, asciende aproximadamente a 500 euros, que no está nada mal. Sobre todo si la comparamos con la del país más pobre de la tierra: un somalí solo podrá gastar al día 0,35 euros. O, dicho de otra manera: un monegasco vive 1.500 veces mejor, en capacidad de renta se entiende, que un somalí. ¡Mil quinientas veces! ¡Es decir que con lo que se puede gastar de media en 24 horas un hombre medio del país más rico, el del país más pobre viviría con ello casi 3 años!

Pero no crean ustedes que hemos cogido los extremos de la lista de países para argumentar mejor. Esta tremenda desigualdad es algo generalizado: Estados Unidos + Unión Europea + Canadá tienen aproximadamente el 13,2 por ciento de la población mundial y poseen en sus manos el 60 por ciento del total de la riqueza. Los países intermedios están más equilibrados: 23,6 por ciento de la población y 22,9 por ciento de la riqueza.

Y los países que llamaríamos en vías de desarrollo o tercermundistas cuentan con más del 63 por ciento de la población mundial (4.600 millones de personas frente a un total mundial de 7.300 millones, que se dice pronto), y solo poseen el 17,1 por ciento de la riqueza.

Este panorama lo define bien el gran historiador y pensador del siglo XX, Isaiah Berlin: “La libertad para los lobos ha significado a menudo la muerte de las ovejas”. Cámbiese libertad por justicia y se entenderá todo esto todavía mejor, si cabe.

¿Y qué hacer ante esta situación? La respuesta también es evidente: “Pues mucho más de lo que se hace”. Y no es que el mundo vaya para atrás, según pienso. Pero podría ir más hacia delante. Mucho más. Véase si no ese esclarecedor espectáculo de algunos de los países más ricos del mundo en estos días con el barco Aquarius, cargado con 629 migrantes que no tienen nada que perder. Ese pasarse la pelota unos a otros, escurriendo el bulto. Evidenciando la falta de una política común y de largo alcance.

Vendrán muchos problemas en el futuro si persiste esta actitud. Ya lo avisó Pablo VI: “Si quieres paz, trabaja por la justicia”. El problema es que, tal vez, a un nórdico, por ejemplo, este tema de las pateras se la trae al pairo. ¡Que se las arreglen los latinos, parecen decir! Como si el tema no fuera con ellos. Ellos ya se ocupan de sus temas más cercanos, se dicen. Olvidando lo que dijo el viejo y sabio Martin Luther King: “La injusticia en cualquier parte es una amenaza a la justicia en todas las partes.”

Así que, en tanto se ponen de acuerdo nuestros políticos, la gente que puede, y, sobre todo, quiere, empieza a actuar por su cuenta. Vivimos en tiempos de egoísmos recalcitrantes, sin duda, pero, también, de generosidad, de solidaridad, de un altruismo espectacular.

Ya sé que sus detractores dirán, como Víctor Hugo: “Ser bueno es fácil, lo difícil es ser justo”.  Pero, para mí, siempre encontré respuesta a este dilema en el viejo proverbio: “La justicia debe ir siempre antes que la generosidad. Pero, donde no llega aquella, o hasta que llegue, ¡bienvenida sea!”.

Así que, como remedios paliativos ante tanta desgracia que todavía recorre el mundo de hoy, proliferan muchas ONG´s y particulares que, aparte de ayudar a los demás, han descubierto que una de las mejores maneras de ser felices es aprender a que otros también lo sean.

Ycada vez más, más personas, afortunadas por sus méritos o por su suerte, desean devolver a la sociedad una parte de lo que han recibido de ella, por encima de lo que les corresponda por sus impuestos. Son los mecenas o los altruistas del mundo de hoy, que cubren la espera hasta que la justicia siga ajustándose, valga la redundancia, cada día un poco más, y no sea solo la conveniencia del más fuerte, que decía el sabio Platón.

En este mundo donde las nuevas tecnologías facilitan: la comunicación, la transparencia y la democratización de las decisiones, es más fácil incentivar la participación personal y observar cómo se nota tu aportación en la mejora del mundo. Y cómo no se pierden en las tuberías administrativas ni un solo céntimo de tu ayuda. Iniciativas como la de Teaming, que podría traducirse como haciendo equipo, a la que conozco de cerca, en la que a partir de un euro al mes, puedes elegir el proyecto solidario en el que participar, u organizar tú el tuyo propio y aglutinar en él a tus amigos o personas interesadas en el mismo, son fórmulas que triunfan, Teaming debe andar ya por los más de 220.000 participantes.

Paradigmas de un nuevo altruismo cercano, humano, que nace desde abajo, desde la sociedad civil, tal alejada, y a veces tan desilusionada, de las burocracias y de la frialdad de los estamentos oficiales, donde el que aporta sí que puede percibir de primera mano cómo su pequeño o gran esfuerzo, hace florecer pequeños jardines en las tierras yermas.

Porque la justicia social, o la generosidad que en el entretanto la sustituye, es una fuente de felicidad, no solo para el que la recibe sino, y quizás más, para el que la da.  Como ya nos avisó también hace muchos siglos el viejo y sabio Séneca: “No hay bien alguno que nos deleite, si no lo compartimos”. Y más allá llegó el gran novelista del siglo XIX, Charles Dickens: “Nadie que haya aliviado el peso de sus semejantes, habrá fracasado en el mundo”.

El mejor novelista, probablemente, de nuestros días, Paul Auster, nos saca de toda duda: “Si la justicia existe, entonces tiene que ser para todos, de lo contrario ya no será justicia”.

Hagamos pues que nuestros gobiernos se preocupen de que haya más justicia en nuestro país. Pero, también, poniendo un ojo en los otros países, en los menos favorecidos, porque nuestra ayuda no solo nos evitará muchos problemas en el futuro sino que, además, nos proporcionará beneficios ya en el presente.

Y, por supuesto, no abdiquemos en el gobierno la totalidad de nuestra responsabilidad personal. Cada uno de nosotros tenemos un papel, grande o pequeño, que jugar en ello. Seamos sensibles a este gran problema. El gran historiador social americano, Howard Zinn, desaparecido hace unos años, nos lo resumió de forma magistral:

“El llanto de los pobres no siempre es justo, pero si no lo escuchas, nunca sabrás lo que es la justicia social”.

Francisco Rodríguez Tejedor/Economista y escritor.

www.franciscorodrigueztejedor.com